Llevaba 5 minutos arrodillada, que es mi récord personal, cuando se acercó a mí y me preguntó por qué estaba allí, pero de verdad, y si creía en Dios. Cuando dije que sí, casi no le mentí. Todas las cosas que habían sucedido me hicieron más creyente de lo que me gustaría admitir. Cuando lo dije, los restos de los voces desaparecieron completamente y por un tiempo no oí nada. Estaba en la capilla. Antes había odiado este lugar, siempre había habido mucho ruido, pero ahora todo estaba tan tranquilo. Si estuviera tan aturdida como lo había estado las semanas pasadas, probablemente ni siquiera lo notaría, pero por primera vez en mucho tiempo era completamente consciente de lo que me rodeaba y me di cuenta de lo que estaba mirando. Mi colgante.
Padre Rodrigo. Qué sabía de él? Nada. Que tenía un mal genio y le gustaba gritar a las monjas y amenazarlas con la condenación eterna por comer todo el pastel. Tenía unos 50 años y, ahora que lo pienso, su aspecto me quedaba un poco extraño. Psicópata-extraño es lo que quiero decir. Siempre miraba de más.
Salí
corriendo de la capilla, sintiéndome manchada y por primera vez en
mi carrera de monja me uní voluntariamente a las hermanas en un
invernadero.
Una
de las hermanas mayores también se fijó en mi colgante. Había
pertenecido a una de las dos hermanas, Maria o Sara, pero no
recordaba a cuál, me dijo, embadurnándose con tierra. Habían
desaparecido una tras otra, dijo. No, no sabía lo que realmente
había sucedido. Sí, el padre Rodrigo había estado aquí cuando
había ocurrido todo. No, la Madre Superiora no había estado. Sí,
debería callarme y volver a trabajar antes de que Dios me castigara
por parlotear. Como si yo fuera la que habia sacado el tema.
Entonces
mi madre huyó del convento, el padre Rodrigo se quedó, mientras
alguien más (¿mi tía? ¿Sara?) desapareció, así sin
más, y ahora que yo estoy aquí, encerrada e indefensa, me
pregunto... ¿cómo terminaré yo?

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